Espiritualidad

Dicen que creer en los ángeles es cosa de niños, cultura de religiones, y creencias que se adueñan muchas veces del destino de las personas. Creer en aquellos seres que ayudan y protegen nuestra vida de devenires, que conjugan la magia o fuerzas supernaturales en beneficio del que vive.

Qué más creer cuando, en un mundo saturado de violencia y emociones tóxicas, no encontrar un camino más que la creencia banal o cultural de construcciones fantásticas es nuestra más anhelada aspiración.  Qué decir de las imágenes pictóricas en grandes iglesias, vitrales que reflejan vida y obra de personajes nunca vistos o sentidos. Multitud de estudios de seres misteriosos y ocultos se muestran a la vista de todos, pero sentir su presencia (si se está a la altura) es prodigioso.

Pues así comienza mi vida, perdida en un sinfín de pensamientos obtusos y extraordinarios, que mezclan la ficción de una realidad o realidad de una creencia. Mi historia no es de sentir presencias, pero de presenciar momentos increíbles, que hacen reflexionar mi pequeña pero creativa mente en un mundo de realidades que abundan mi rutina diaria.

Un día, y sin pensar cuándo, porque el tiempo es sutil y ordinario, vital y presente, aunque siempre ausente; me encontré frente a una postal que me nutría el alma. Sentado en reflexión, sobre hierba con sudor a lluvia, sol con aires de grandeza y un aroma de otra tierra; sentí ver o creí sentir un halo de paz en mi día, tal vez encuentro casual de un momento efímero o pensamiento fugaz de contemplación.

Un punto mental invocó a un tal Buda, un hombre, Dios o ser iluminado que se presentó en el centro de mi pensamiento, apagado pero despierto ante un encuentro sin precedente con antesala en esa postal, única y sentida, que iluminó mi día para nunca volverlo a encontrar.

Ese ser, ángel o guardián, reflejo de otra vida, me rodeó en sus deseos o despojado de ellos, me permitió sentir único e irrepetible, el vivir en plenitud. Un encuentro de sencillez, pero dotado de complejidad única, abordó mi pensar y suspiré un sentido de simple amar.

Gracias a esa luz, fugaz pero vívida, fijó un camino que sin sentidos debía transitar, algo inexplicable pero real que se presentó al vibrar esa bendita postal.

Martín Riverós

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