Había una vez un hombre que no se conformaba con el simple existir: la renta, el sueldo, trabajar en la oficina, volver a casa para dormir y empezar de vuelta, la rutina frustrante y opaca de cada día lo apagaba. Se sentía un objeto esperando ser ceniza.

José, este era su nombre, sabía que si quería un cambio verdadero, tenía que empezar a caminar distinto: así que agarró una enciclopedia, un libro sagrado y una mochila con todos sus juguetes y salió de su pueblo para buscar las verdades del mundo.

Tras un largo día de camino, en el que el pensamiento – ¿Qué hice? ¿A donde voy?- le ocupaba fijamente la cabeza, llegó a un valle frondoso.

Un cartel que decía ”ATRÉVETE A PENSAR”, firmado Immanuel Kant, daba la bienvenida a la “Vega de la Ciencia”.  

– ¡Qué intriga! – pensó José, que al adentrarse en este valle se encontró con miles de herramientas: algunas eran muy pequeñas, como pinzas o lupas, otras enormes y complejas, como telescopios astronómicos o aceleradores de átomos.

Caminando, caminando José llegó hasta un árbol alto como un rascacielo, empapelado de fórmulas. Se detuvo para observar unas tablas periódicas y notó a pocos metros un hombre petiso, con pelo blanco y bigotes grises, pipa y corbata.

– Buen día – lo saludó José acercándose -¿Quién es usted?-

– Albert, Albert Einstein – contestó el hombre. José no lo podía creer: – ¡Pensé que estabas muerto!- gritó entre lo incrédulo y lo asustado, brincando de un pié a otro.

– Nadie mejor que tu para preguntar: ¿Cuál es el poder de la Ciencia? – lo interpeló José.

– El Método Científico es una forma de buscar el conocimiento mediante la observación y el razonamiento. Los científicos descubrimos leyes que son universalmente válidas. – contestó él, agitando un tubo de ensayos.

– Estoy buscando las verdades del mundo, ¿me las podrás enseñar?-. 

– Joven, los científicos no tenemos todas las verdades, conocemos mucho, pero aún es muy poco. La ciencia refina el conocimiento humano, pero no describe toda la realidad-.

José, decepcionado, decidió volver a la ruta y seguir con su búsqueda.

Luego de una larga noche de camino bajo las estrellas y acompañado por el canto de los pájaros, José llegó a la ribera del “Río de la Conciencia” y se encontró con una multitud de hombres, mujeres y niños que hacían talleres para aprender a reconocer sus percepciones y emociones. “Entrenamiento del darse cuenta”, decía la pizarra con los horarios del curso.

A pocos metros había un escenario, se escuchaba claramente una voz hablar, pero José no lograba ver ningún cuerpo erigirse entre las cabezas del público. Se acercó poco a poco hasta que logró ver el orador: era el Pepito Grillo. Era el alcalde de la ribera y estaba hablando sobre el poder de la Conciencia, según lo que le comentó un participante.

José esperó que terminara la charla y se acercó al grillo.

– Qué honor conocerte personalmente, solo te vi en la tele. – Necesito que me cuentes ¿qué hacen acá?-. 

– El placer es mío, joven amigo, si con esta historia de Pinocho y la hada madrina me hice muy famoso-. Se rió el grillo – Acá entrenamos a la conciencia.- Terminó haciendo una reverencia.

– ¿Y qué es la Conciencia?- preguntó divertido José.

– Es una voz interior que por un lado te ayuda a entender lo que te pasa y, por otro, a discernir entre el bien y el mal. Muy pocos la escuchan, por esto el mundo anda tan mal-.

– Señor Grillo, yo estoy buscando las verdades del mundo, ¿me las podrás enseñar?-.

– Ah, no no, acá no hacemos esto. Acá aprendemos a actuar, decidir, relacionarnos con amor, pero para conocer todas las verdades del mundo necesitas un gurú, yo soy un simple grillo-.

– ¿Dónde puedo encontrar un gurú? – preguntó entonces José.

– En la montaña de la Consciencia: sigues caminando a lo largo del río llegarás muy pronto-.

José agarró de vuelta su mochila y volvió a su viaje, decidido más que nunca a encontrar el gurú. Así llegó a la Montaña de la Consciencia.

– ¿Cómo voy a encontrar el gurú? Esta montaña es tan inmensa…- Sin perder el ánimo empezó a subir, buscando detrás de cada árbol y roca, cerca de los ríos y en los bosques, hasta llegar a la cima. El paisaje era increíble, pero no había ni la sombra de un gurú. Decidió emprender el camino de vuelta, pensando que lo más probable era que conocer las verdades del mundo no fuera para él y que quizás el gurú tampoco existía.

Bajaba pateando piedritas, decepcionado, hasta que un hueco en la pared escarpada llamó su atención: era una cueva profunda y húmeda. José escuchó una voz salir desde el rincón más recóndito de su corazón que le decía de seguir por ahí, entonces se armó de coraje, prendió una antorcha y emprendió el viaje en la obscuridad. La voz que lo guiaba seguía invitándolo a confiar, a no tener miedo. En un momento pensó que se estaba volviendo loco, pero se acordó de cuando su mamá antes de morir le dijo: – Confía siempre en tu instinto corazón, nunca te va a decepcionar -. -Es mi instinto que me guía, no hay ningún espíritu – se repetía a si mismo.

Después un rato de que no podía identificar si había sido un segundo o la eternidad José llegó a una cueva amplia, con el techo bajito y varios árboles y líquenes: -¡Alguien está aquí!¡Encontré el gurú! – pensó mirando una vela prendida, con una llama brillante y azul.

Se acercó corriendo.

Atrás de la vela había un espejo redondo enmarcado en madera.

– Bienvenido, acá te encontraste con tu propio gurú, – le habló el espejo.

– ¿Dónde está? No veo a Nadie – contestó perplejo José.

– Eres tú. Eres tú quien debe hacer el esfuerzo, eres tu tu propio gurú, la consciencia está adentro no afuera. Los maestros solo te guían en el camino. 

Así fue que José dejó de buscar las verdades del mundo en el mundo, y empezó a bucear en su interior para encontrar su propia sabiduría.


Autor: 
Mara Bonapersona
Psicologa Transpersonal

Dejar respuesta